Los mejores jugadores de póquer no han sido precisamente John Nash, o Albert Einstein.
Ellos eran buenos haciendo cálculos, pero eso no es lo que garantiza una victoria. Siempre es mejor observar antes a los posibles rivales.
¿Juegan sólo si tienen buenas cartas en la mano? ¿Son arriesgados? ¿Están en todas las manos? ¿Se los nota estratégicos o impulsivos? ¿Van tímidamente a lo seguro esperando las manos que garantizan victoria o se dejan llevar por la euforia?
No hay nada mejor que saber con qué armas cuenta el enemigo antes de enfrentarnos a él.
Lejos de querer ser crueles, debemos reconocer la verdad que encierra esta antigua frase.No está mal sentarse a la mesa de jugadores que notamos débiles. No nos proporcionará anécdotas heroicas, pero evitaremos salir en desventaja

¿Cuántas veces hemos perdido un juego de póquer traicionados por nuestros nervios y llevados por la ansiedad de una apuesta riesgosa? ¿Cuántas veces nuestro oponente más difícil ha sido nuestro propio carácter? ¿Y cuántas nos han traicionado los propios gestos?
Podemos pensar que es sólo la fortuna la que decide si será un buen día para nuestros ases, pero aún así, ella no está todos los días de nuestro lado.
Aunque comencemos la partida perdiendo fichas, no debemos perder nuestra calma.
La inteligencia y la confianza en nosotros mismos son primas cercanas de la suerte y las buenas cartas.
No dejes que la agitación lidere la partida. Mientras más duras parezcan las circunstancias, mejor debes seleccionar el momento de actuar.
No dejes que la ansiedad suba con los blinds. Mantén la disciplina necesaria para evitar impulsos que te puedan llevar a jugadas riesgosas.
Para no terminar abatidos, no solamente es necesaria la actitud ganadora, sino también la coherencia para saber cuándo retirarse.